domingo, 23 de septiembre de 2012

CRUZAMOS EL CHARCO - SIMA DE ALTOCORONAS I


ASISTENTES: Alboroto, Coves, Julia y Manu. Y Gorka en la intendencia !! 

Hay cosas que no mejoran… y cuando se trata de obsesiones profundas, es incluso degenerativo. Una obsesión que incluso se cuela en tus sueños y te traslada a ese  momento desencadenante, noche tras noche, durante más de una semana.



Hace una semana desde que ocurrió, una de esas cosas que recuerdas toda tu vida, que se graba a fuego en tu cerebro, y no puedes desconectar de ello, por mucho que quieras en una larga temporada.


Andábamos explorando el nivel semiactivo de Alto Coronas I, justo antes de la llegada de las primeras lluvias, después de un caluroso y seco verano. De esa forma acabaríamos de topografiar  toda la parte conocida de la topografía de los años 60, y además era el mejor momento para revisarlo, ya que los niveles de agua estancada, no podían estar más bajos,  después de un verano tan seco.


Cazamos un meandro colgado a seis metros del suelo totalmente virgen y de gran belleza, con bonitos gours, formaciones y una misteriosa corriente de aire que se burlaba de nuestros sentidos. Tras  sesenta metros de desarrollo muere en un techo que desciende hasta juntarse con un suelo de barro impenetrable.


Por otro lado, una  dramática escalada en paredes concrecionadas, dio sus frutos, y nos guardamos 25 metros más en nuestras sacas.

Hasta el momento todo estaba saliendo tal y como estaba planeado… ya teníamos toda la parte conocida topografiada,  habíamos realizado una de las escaladas más técnicas y con mejor aspecto de la parte fósil de la cueva, y además de todo eso, habíamos cazado sesenta metros de meandro.

Por otro lado, una  dramática escalada en paredes concrecionadas, dio sus frutos, y nos guardamos 25 metros más en nuestras sacas.

Hasta el momento todo estaba saliendo tal y como estaba planeado… ya teníamos toda la parte conocida topografiada,  habíamos realizado una de las escaladas más técnicas y con mejor aspecto de la parte fósil de la cueva, y además de todo eso, habíamos cazado sesenta metros de meandro.

Ya era algo tarde, y solo nos faltaba algo que mirar, una galería inundada de grandes dimensiones, que para mi era una enorme mosca dando voces detrás de mi oreja, en los últimos dos años. La última vez que nos vimos las caras, eché mano del ojímetro y calculé 5 metros de agua.

Sabía que como las personas, esa galería tenía una coraza, el agua, y me estaba ocultando algo, tenía que conocerlo. Así que esta vez, vinimos armados con neoprenos  y barquito, para abrirnos paso a través de esa coraza, penetrar hasta su corazón y revisar hasta lo más profundo de sus entrañas, si hiciera falta.

Cual fue nuestra sorpresa  cuando nos percatamos  que no iba a hacer falta neopreno ni barquito… ni si quiera íbamos a mojarnos los pies.  Era el día y la hora exacta, en la que debía de suceder, ¡por fin!, después de dos años, podríamos explorarla con  cero litros de agua y a nuestras anchas.

Desde el momento en que pise las miles de toneladas de barro de la galería al desnudo, supe que algo bueno sucedería. Dos compañeros fueron por delante instalando y  revisando todas las dificultades, y por detrás, topografiando, íbamos dos más, conociendo aquello que hasta entonces había sido un enigmático misterio para mi.

Superamos un sifón por un bypass de laberínticos meandros saturados de barro, todo apuntaba a lo peor: un sifón, mucho barro, y lo peor, todo se estrechaba más todavía a medida que avanzábamos. ¿Acabaría en pocos metros entre lodo y otro charco de agua? Nuestra única esperanza era un meandro desfondado del tamaño justo para penetrar por él y descender cuatro metros a lo que parecía ser suelo, -¿Qué será…?  ¿Qué será…? ¡Ostia! ¿Qué será…? – Esas eran las preguntas y juramentos que me atormentaban, sabía y estaba asumiendo que a pocos metros acabaría nuestra exploración.  

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero esta vez no fue así, un grito y sobretodo, su correspondiente eco, vale más que mil imágenes. Nos apresuramos a descender los cuatro metros del meandro y en el mismo instante en que la luz penetró en mis retinas, se paró el tiempo, algo espectacular e impresionante es insignificante comparado con aquello que eclipso mi noción del tiempo.

Una galería de 8 metros de ancho por veintitantos metros de alto,  cuyo suelo cubierto de miles de toneladas de barro a menos treinta y cinco grados, descendía hacia el mismo infierno, donde esa  misma madrugada echaríamos unas birras con Satán al lado de una enorme chimenea.

Algo se apoderó de mí, y eche a correr por aquellas impresionantes galerías dando voces, sudando adrenalina con la euforia colapsando mi cerebro. Por lo visto en aquel lugar las ventanas “grandes que te cagas” estaban de oferta, habían para dar y vender, aquello promete muchos metros de topografía.

La Galería Proteus, que así la bautizamos, es espectacular y con un sin fin de posibilidades de continuación, cuyo acceso, también es impresionante a su forma, ya que es un paso fácilmente sifonable con los niveles normales de agua, en el cual no tener la meteorología presente, supone poder quedarse bloqueado al otro lado del sifón.

Cierro este artículo con la satisfacción personal de haber dibujado 460 metros de topo en 15 horas de exploración,  acompañado de un excelente equipo humano y con un importante hallazgo que nos abre las puertas a seguir llenando nuestras hojas de topo y a nosotros mismos, de ilusión y emoción, de no saber que nos deparará cada una de las incógnitas de la Galería Proteus .


                                                                                                                     AUTOR: Roberto Coves